Para comenzar y tratando de definir la Inteligencia Artificial (IA), que por primera vez se mencionó como tal en 1956, tendremos que tener en cuenta que nombramos lo nuevo asimilándolo a lo conocido anteriormente. Por ejemplo algunas veces describimos la ópera como un género musical teatral que combina canto, actuación, escenografía y música instrumental para narrar historias de manera integral, definimos el cine como una obra de teatro filmada… Así entonces podríamos decir que se llamó Inteligencia a esta nueva tecnología por parte de sus capacidades asimilables al intelecto humano, y para diferenciarla de lo “natural” se la denominó “artificial”.

Dicho lo anterior igualmente tenemos que tener en cuenta que en 1956 no solo se dio nombre al campo, sino que estableció la convicción de que cada aspecto del aprendizaje o cualquier otra característica de la inteligencia puede, en principio, ser descripto con tanta precisión que se puede construir una máquina para simularla.

Este optimismo inicial dio lugar a décadas de investigación que, a pesar de enfrentar varios de los denominados “inviernos de la IA”, nos han traído hasta la actual era de los modelos de lenguaje y el aprendizaje profundo.

El término “inteligencia artificial” (artificial intelligence) fue acuñado por John McCarthy en 1956 durante la Conferencia de Dartmouth, un evento histórico que reunió a algunos de los mejores científicos de la época para discutir la posibilidad de crear una máquina que pudiera pensar como un ser humano.

Sin embargo, los conceptos e ideas que estaban detrás de la IA se remontan a mucho antes. Desde la antigüedad, la humanidad ha estado fascinada con la idea de seres artificiales dotados de inteligencia o vida. En la mitología griega, encontramos a Talos, el gigante de bronce construido por Hefesto para proteger Creta, que podría considerarse un precursor conceptual de los robots modernos.

Durante los siglos XVII y XVIII, filósofos y matemáticos como Gottfried Wilhelm Leibniz y Blaise Pascal sentaron las bases de la computación mecánica. Leibniz, en particular, soñaba con un “alfabeto del pensamiento humano” y una máquina que pudiera resolver disputas mediante el cálculo lógico.

Ya en el siglo XX, antes de Dartmouth, figuras como Alan Turing fueron cruciales. Su artículo de 1950, “Computing Machinery and Intelligence”, introdujo el famoso “Test de Turing”, que desplazó la pregunta de “¿pueden las máquinas pensar?” a una métrica operativa: “¿pueden las máquinas comportarse de manera indistinguible a un ser humano?”.

Actualmente son tan enormes los cambios que nos vemos sorprendidos por ellos, y afectados tanto en la forma de comunicarnos como de informarnos.

Imaginemos (tal como sucedió) a Sócrates desconfiando de los libros, abrorreciéndolos y sosteniendo que terminarían con la humanidad inmersa en la ignorancia. Si cualquiera pudiera escribir un libro y otro cualquiera pudiera llerlo, no podríamos estar seguros de nada aseveraba el genial griego. Es gracias a Platón y su idea contraria que por suerte podemos leer a Sócrates. El autor de por ej. El Banquete, no le hizo caso…

Luego vendría la imprenta y más luego, la Internet. ¿Qué habría sido del sublime filósofo, maestro de Platón, en los siglos XV y XX respectivamente en los cuales se “viralizaron” los libros y las computadoras?

Lo mismo podríamos disertar sobre el poeta, científico, y demás, J.W. von Goethe (1749-1832) y su inquietud y temor por lo que sería luego la Revolución Industrial, que lo llevó a escribir sobre ello. De este autor podemos disfrutar el poema El aprendiz de hechicero (Der Zauberlehrling), balada de 1797, que narra cómo un joven aprendiz utiliza magia sin permiso mientras su maestro está ausente para ordenar a una escoba traer agua. Al no saber cómo detenerla, la escoba inunda la habitación, evidenciando los peligros de la irresponsabilidad y la falta de control sobre fuerzas superiores. 

La mencionada “revolución”, fue proceso de profundas transformaciones económicas, sociales y tecnológicas iniciado en Gran Bretaña a mediados del siglo XVIII, que sustituyó la producción artesanal por la manufactura mecanizada a gran escala, marcando el paso a una economía industrial y urbana, y creando nuevas clases sociales como la burguesía industrial y el proletariado, con grandes cambios en la vida y el trabajo humano, expandiéndose luego a Europa y América.

Pero, aunque Goethe fue un agudo observador de la Revolución Industrial, explorando sus implicaciones sociales y técnicas, aun él que priorizaba el humanismo, entendió el cambio de producción, y en su obra Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister (1795-96), valoró la ciencia aplicada, integrando la tecnología en su visión del desarrollo humano y del dominio de la naturaleza. 

Vengo hace ya tiempo pensando este nuevo fenómeno de la Inteligencia Artificiall y a su vez trabajando y estudiando la capacidad de desarrollar la Creatividad, que considero la herramienta fundamental para en medio de tanto cambio, permitirnos sortear parte de los obstáculos y complicaciones que la nueva ciencia aplicada nos presenta. A partir de estas actividades podría señalar algunas acciones para suavizar el impacto de esta nueva Revolución tecnológica de gran impacto social.

Recrearnos

El 11 de mayo de 1997, Kasparov pierde con Deep Blue … Garry Kasparov perdió un histórico match de ajedrez contra la supercomputadora Deep Blue marcando un hito al ser la primera vez que una máquina derrotó a un campeón mundial reinante en un enfrentamiento a ritmo clásico. El duelo decisivo terminó con la derrota de Kasparov en la sexta partida. Kasparov, lejos de decretar la muerte del ajedrez, introdujo el concepto de “ajedrez avanzado”, en el cual los jugadores humanos pueden apoyarse en una computadora para explorar los posibles movimientos de su oponente. Eso sí, es el jugador humano el que toma todas las decisiones finales. Su idea subyacente no es tanto enfrentar al humano y a la máquina, sino que la combinación de ambos supera a los dos por separado. Se juega en equipos conformados por una computadora y un humano. Esto puede plantear la pregunta acerca de si las máquinas son competidoras o colaboradoras y entonces si se tratare de la segunda opción, podrían ayudarnos a aumentar la productividad e incrementar nuestra inteligencia.

Reinstruirnos

Por otro lado tomo de los expertos en Educación y nuevas tecnologías el concepto de alfabetizar de nuevo que retomaré en próximas entradas.

Recuestionarnos

Y con respecto al sesgo de la IA; tema de la siguiente publicación, tratar de cuestionar, de contrariar, de desafiar lo que vemos y parafraseando al músico León Gieco, “creer en nada”, o lo que sería igual, citando al Prof. Alejandro Piscitelli (de quien tomo algunos de los conceptos planteados): “no creer en nada”, paradójicamente a la manera de la consecuencia cuestionada por Sócrates, quien evidentemente siempre tiene algo para decirnos.

*Imagen creada con IA de Gemini

Y si hablamos de prospectiva: Inteligencia Artificial, lo que viene…